Antonio Iriarte Cadena
Humanista integral

Cátedra del 5 de abril de 2022

Objetivo
Profundizar nuestros conocimientos sobre el Canto Gregoriano.

 Tomando como punto de partida la novela El Retador de Vivaldi, leemos el capítulo séptimo y procedemos a escuchar un video de monjes del Monasterio de Silos. 

"Ah tiempos. A lo lejos la salmodia del coro del seminario asciende como espiral de humo que perfu­ma de medioevo el calicanto de la catedral. Silencio obligatorio hecho monodia que pervive en el recuerdo después de tantos siglos por la elación emocionada de una multitud de voces. Ecos, solamente ecos de voces en la memoria. Neblina de remem­branzas que se pierden, que ya no vuelven nunca. Vibración torturada. Tremolación y desgarramiento más allá de la voz, cuya única posibilidad de regreso sólo se da por la evocación que impregna a su paso la otra cara de todas las cosas. Voces de monjes muertos hace ya tanto tiempo en la penumbra de sus celdas que no conocimos, pero cuyos detalles más insignificantes pudimos re­construir a través de los planos minuciosos que nos dejó el tremor de su cantilación y la lentitud sinuosa de su monorritmo, sus­pendido en el tiempo en los dédalos de sus quilismas y en la sutileza huidiza de sus porrectus. Cadencia de lamentación en contravía de sus más secretos sueños. Kyries, graduales, antífonas y responsorios: ‘Libera me, Domine, de morte æterna, in die illa tremenda: Quando coeli movendi sunt et terra: Dum veneris iudicare sæculum per ignem’[1]. Fugacidad atrapada por un solo instante en la otra fugacidad de los que aún quedamos vivos, pues nos aferrábamos a la certeza de estar cantando como garantía para seguir viviendo mediante la propia voz: ‘Dum veneris iudicare sæculum per ignem ...’, hasta sacudir las vísceras de los que, al hacerlo, volvimos a escuchar, y al escuchar volvimos a revivir todo el ayer de ellos, reflejado en el espejo de nuestro canto incierto y que quiso, como el nuestro, ser seguro, esto es, oído y tenido en cuenta, a fin de borrar de la conciencia el avasalla­miento de los que nos precedieron en el hundimiento sin rastro en la peor de las muertes que es la del anonimato impuesto. Kyries, graduales, antífonas y responsorios sin un solo nombre a quién atribuir la ingravidez de su belleza, y de cuya fasci­nación aún no nos hemos podido sustraer, a pesar de los años, quienes algún día los cantamos con nuestras voces niñas. Y todo, a pesar de haber cantado, a pesar de que ellos y nosotros repetimos el mismo canto, el mismo Verbum, a cuyo servicio y medida se hizo la monodia sin el auxilio de instrumento musical alguno, pues su des­tino último era el texto al igual que la voz. Verbum ‘en cuyo misterio inescrutable’ —con esas mismas palabras nos lo decían— reposaba la esperanza de nuestra salva­ción, puesto que ‘El Verbo salva —así me lo repetía una y otra vez el confesor—, no importa que tu voz personal se hunda en el silencio de tu muerte, por los siglos de los siglos’, a lo cual yo siempre debía responder ‘Amén’. Voz que suplica alabando, que pretende amar temiendo: ‘Tremens factus sum ego et timeo, dum discussio venerit atque ven­tura ira. Quando coeli movendi sunt et terra’. Voz que deriva en letanía de otra voz que no pudo, tampoco, resolver su angustia: ‘Dies illa, dies irae, calamilatis et miseriae, dies magna et amara valde’. Responso hecho con retazos de voz, que se quebró más de una vez ante la certeza de lo ineludible: ‘Dum veneris iudicare sæculum per ignem’. Y por encima de todos, de ellos y de nosotros, la otra voz: la fuerte, la definitiva: ‘Sit nomen Domini benedictum[2]. Ex hoc nunc et usque in sæculum’. Y el Obispo, púrpura y armiño, con vislumbres de amatista, se erguía sobre la altivez de su solio de pontlfice para acallar nuestras voces con su voz de emperador: ‘Benedicat vos omnipotens Deus…’. Y con la garantía de su palabra todos volvíamos de nuevo a seguirle cumpliendo en silencio a la militancia en las filas del supremo jefe ‘Santo Dios de los Ejércitos’, de quien —según nos decían— los cielos y la tierra estaban llenos de la majestad de su gloria. Y mientras nos corroíamos por dentro con tan singulares misterios, aunque nos lo calláramos, en la penumbra conmovida de la iglesia, la voz insignificante, pero individual, de cada uno de los setenta y siete seminaristas, se diluía en la voz imponente del coro que sacudía los muros de la catedral, impregna­dos de silencio y de la fulguración de las luminarias de la pascua: ‘Christus vincit, Christus regnat, Christus, Christus imperat’ ”.

 

 

[1] Líbrame, Señor, de la muerte eterna en aquel tremendo día: cuando se estremezcan los cielos y la tierra: cuando vengas a juzgar al mundo a través del fuego.

[2] Bendito sea el nombre del Señor.

El Canto Gregoriano 

Antonio Iriarte Cadena

Entrevista en Universidad Surcolombiana

 O Sole Mio de Eduardo di Capua,

interpretado por el Maestro Iriarte